Drogas y el afán prohibidor

Un ensayo sobre las drogas, las prohibiciones y los delirios colectivos

Una idea de Jordi Cebrián

Marihuana, mejicanos, algodoneros y egipcios

Que la marihuana y los otros derivados del cannabis quedasen incluidos en la prohibición globalizadora de las drogas es, sin duda, uno de los mayores despropósitos científicos y sociales de todo este montaje. Si en los casos de los opiáceos y de la cocaína existían motivos farmacológicos concretos para, como mínimo, defender desde un punto de vista sanitario la prohibición, para la marihuana tuvo que construirse, de manera consciente, un complejo entramado de mentiras sin fundamento alguno. Durante las discusiones y debates respecto a las leyes federales antinarcóticos de principios de siglo, apenas se había mencionado la marihuana y, cuando se hizo, la Asociación de Farmacéuticos protestó por el hecho de que se hablase de ella relacionándola con la cocaína o el opio. De hecho, en 1920, con la ley Harrison ya aprobada y la convención de la Haya de 1919 celebrada, el Ministerio de Agricultura de EE.UU. aconseja a la población plantar cannabis como actividad productiva . No será hasta 1937 cuando la Marijuana Tax Act restrinja su uso libre, pese a que, como veremos, en 1925 ya se había celebrado una Convención Internacional donde se acordaba el control del cáñamo que EE.UU. se había negado a subscribir. La única restricción existente hasta el momento consistía en una disposición de 1906 que obligaba a que las sustancias alimenticias o farmacéuticas que contuvieran cannabis (así como otros componentes), lo indicaran convenientemente en la etiqueta. Existían también ciertas restricciones de carácter local en algunas zonas del sur donde abundaban los inmigrantes. De hecho los informes científicos de la época, muestran la práctica inexistencia de problemas sanitarios o sociales relacionados con el uso del cannabis. Recordemos las conclusiones de los más importantes:

Entre 1893 y 1894, la Indian Hemp Drugs Commission, compuesta por expertos ingleses e hindúes, elaboró en siete volúmenes, en una extensión de 3.281 páginas, un completísimo informe respecto al uso habitual de cannabis, recopilado en la India. Sus conclusiones se resumen en la siguiente frase: “Considerando el tema de forma general, puede decirse que el uso moderado de esta droga es la norma, y que el uso excesivo es, comparativamente, excepcional. El uso moderado prácticamente no produce efectos nocivos en la salud" .

Un equipo de expertos civiles y militares estadounidenses realizaron entre 1916 y 1929 un estudio sobre el consumo de cannabis entre los soldados americanos asentados en la zona del Canal de Panamá. El estudio, conocido como ‘The Panama Canal Zone Military Investigations’, recomienda “que no se den pasos hacia la prevención de la venta o uso de marihuana por las autoridades de la Zona del Canal”, y concluye: “no hay evidencia de que la marihuana, tal y como es cultivada y usada sea una droga formadora de hábito” .

LaGuardia, alcalde de Nueva York partidario del control sobre el cannabis, encargó un informe a un comité respecto a los efectos del consumo de marihuana en su ciudad. El informe, ‘The LaGuardia Committee Report on Marihuana’, finalizado en 1944, es completísimo y abarca aspectos sociales, sanitarios, históricos y legales. Concluye: “La práctica de fumar marihuana no conduce a la adicción en el sentido médico del término" y “El uso de marihuana no conduce a la adicción a la heroína o la cocaína y no se ha hecho ningún esfuerzo por crear un mercado para esos narcóticos estimulando la práctica de fumar marihuana”. Por último, refiriéndose a las historias sensacionalistas que determinados periódicos habían hecho circular, afirma: “La publicidad relativa a los catastróficos efectos de fumar marihuana en Nueva York es infundada” . LaGuardia, descontento con estos resultados, relegó al olvido este informe, y pidió una segunda opinión a otro comité médico, que llegó a las mismas conclusiones.

Valga decir que aquellos informes han sido validados y ratificados posteriormente por cuantos estudios rigurosos se han realizado al respecto. En 1968, algunos de los principales expertos británicos en adicciones constituyeron el subcomité para estudiar el cannabis dentro del ‘Advisory Committee on Drug Dependence’. El estudio, que forma parte del llamado ‘Wooten Report’, encargado por el gobierno británico, asumía en 1968 las conclusiones del informe de la ‘Indian Hemp Commission’ y del informe LaGuardia. Entre otras cosas, afirmaba: “No hay pruebas de que en las sociedades occidentales se den serios peligros directamente asociados a fumar cannabis”. También destacaban que “puede argüirse claramente en base a la experiencia mundial, que el uso del cannabis no conduce a la adicción a la heroína” y que “la prueba de relación con el crimen violento es mucho más fuerte con el uso de alcohol que con el consumo de cannabis”. Por último, “no hay pruebas de que esta actividad produzca en gente previamente normal condiciones de dependencia o psicosis que requieran tratamiento médico” .

¿Cómo ha pasado, pues, el cannabis a ser hoy una sustancia perseguida, al tiempo que la droga ilegal más ampliamente consumida? En su prohibición intervinieron, además de los elementos comunes ya citados al referirnos al opio y la cocaína (puritanismo, reformismo, racismo, persecución del placer individual, etc.), ciertas características peculiares. A escala internacional, fue decisiva la intervención de Inglaterra en 1925 en la Convención Internacional del Opio, cuando se negó a firmar el tratado si no se incluía en él el control internacional del cannabis. Los motivos de Inglaterra eran de orden político y relacionados con su papel como potencia colonial en Egipto. Los sectores egipcios partidarios de la independencia estaban intentando impedir la colonización cultural inglesa, representada, entre otras cosas, por la entrada de alcohol en el país, y haciendo del consumo de cannabis, tradicional en Egipto, un símbolo de resistencia. Aunque al resto de los países firmantes del tratado la marihuana no les suponía ningún problema en sus países, la presión de Inglaterra surtió efecto, al tiempo que servía también a los intereses de los países que eran también potencias coloniales en el norte de Africa, como Italia o Francia.

Curiosamente, EE.UU no ratificó entonces ese acuerdo, pero se produciría un hecho, años después, que iba a suponer que fuertes sectores económicos, muy ligados a Washington, trabajaran activamente por la restricción del cultivo de cáñamo. La historia fue así. El cáñamo venía siendo utilizado tradicionalmente en la industria, como materia prima para la producción de papel, cuerdas y tela. Por lo que respecta a la industria textil, el cáñamo no constituía competencia al algodón, dado que su recolección era más lenta y costosa y, por otra parte, antes de poder ser usado era necesario tenerlo 15 días en remojo, procedimiento que, además de lento, resultaba extremadamente pestilente. Pero en 1917 George Schlichten inventó una máquina que iba a servir para recolectar de manera mucho más eficiente el cáñamo, evitando, además, los 15 días en remojo y las molestias consiguientes. A raíz de este invento, la revista americana ‘Popular Mechanics’ publicó en 1938 un artículo titulado ‘El nuevo cultivo del billón de dólares’, donde afirmaba: “A los granjeros americanos se les presenta la oportunidad de un nuevo tipo de cultivo por un valor anual de varios centenares de millones de dólares, todo porque se ha inventado una máquina que resuelve un problema de más de 6.000 años de antigüedad. Se trata del cáñamo, un cultivo que no competirá con otros productos americanos. Por el contrario, acabará con las importaciones de materias primas y productos manufacturados producidos por mano de obra barata, y proporcionará miles de puestos de trabajo para los americanos en todo el país” . Pero la verdad es que esto suponía una fuerte amenaza para la industria del algodón (justamente la que empleaba la mano de obra barata a la que alude el artículo), que, fuertemente relacionada con los sectores políticos más influyentes, movió los hilos para, por una parte, fomentar la imagen diabólica del cáñamo en la opinión pública y, por otra, potenciar la presentación de leyes restrictivas respecto a su uso. En su libro ‘The Emperor Wears No Clothes’ , Jack Herer incluye al imperio DuPont entre quienes forzaron la maquinaria informativa y legislativa para que se ilegalizara el cáñamo, en este caso debido a sus intereses en los tejidos sintéticos, en particular el nylon.

Para satanizarla, al igual que en el caso del opio y de la cocaína, ahora le tocaba a la marihuana ser asociada con una minoría racial molesta, en este caso los inmigrantes mejicanos que la usaban habitualmente para divertirse y relajarse. La entrada de mejicanos como mano de obra barata había sido inicialmente bien recibida, pero la gran depresión, posterior al crack del 29, los convirtió en una competencia temida por los trabajadores del país. Siguiendo los clichés de siempre, se asoció su consumo de cannabis a la realización de robos, violaciones y asesinatos, se les acusó de introducirla en los colegios para envenenar a la juventud americana y se la asoció a su supuesto atraso racial. La policía pasó a ver en la marihuana un terrible impedimento a la hora de ejercer su función con los mejicanos. Un capitán de policía de Tejas explicaba que, bajo los efectos de la marihuana, los mejicanos se volvían “muy violentos, especialmente cuando se ponen furiosos y atacarían a un oficial de policía aun cuando éste les esté apuntando con un revólver. Parecen no tener miedo, y yo he notado que bajo los efectos de esta hierba tienen una enorme fuerza y que se necesitarían varios hombres para tratar con alguien que, en otras circunstancias, solo habría necesitado un hombre” .

Harry J. Anslinger, jefe del Departamento de Control de Narcóticos y una de las figuras más oscuras de la guerra contra las drogas, fue el principal protagonista del montaje destinado a ilegalizar y perseguir la marihuana, así como uno de los mayores responsables de nuestra manera actual de tratar con las drogas y sus usuarios. Junto con la cadena de periódicos propiedad de William Randolph Hearst, quien tenía fuertes intereses en la industría papelera, amenazada por la simplificación de los procesos de conversión del cáñamo en papel, Anslinger convirtió en pánico lo que era resultado de un miedo a ciertos emigrantes, publicando una serie de artículos sensacionalistas al respecto. Del más conocido de ellos, “Marihuana, asesina de nuestra juventud”, extraigo los siguientes párrafos:

“No hace mucho, el cuerpo de una chica joven yacía destrozado en una acera tras lanzarse desde un apartamento de Chicago. Todo el mundo lo llamó suicidio, pero en realidad fue un asesinato. El asesino fue un narcótico conocido en América como marihuana, y en la historia como hachís. Usado en forma de cigarrillos, es relativamente nuevo en nuestro país, y tan peligroso como una serpiente de cascabel enroscada. Sólo puede conjeturarse cuántos asesinatos, robos, asaltos criminales, secuestros, atracos y ataques de locura maníaca causa cada año, especialmente entre los jóvenes. [...] El año pasado, un joven adicto a la marihuana fue colgado en Baltimore por el asesinato de una niña de diez años. En Chicago, dos chicos fumadores de marihuana mataron a un policía. En Florida, la policía encontró un joven tambaleándose en medio de una matanza. Con un hacha había matado a su padre, su madre, dos hermanos y una hermana. No recordaba haber cometido ese crimen múltiple. De ordinario un joven tranquilo y sano, se había vuelto loco por fumar marihuana. En al menos dos docenas de casos recientes de asesinato o degenerados ataques sexuales, se ha probado que la marihuana fue una causa que contribuyó. [...] Es la destrucción inútil de la juventud lo que nos rompe el corazón a cuantos trabajamos en el campo de la supresión de los narcóticos.”

Más adelante, Anslinger declararía: “Si el auténtico monstruo de Frankenstein pudiera tener delante la planta de marihuana, huiría aterrorizado.” ¿Como pasó una planta usada y respetada por la humanidad durante siglos a dar tal miedo a monstruos como Frankenstein o como Anslinger? En este sentido, es importante recordar lo que tantas veces se repite en la historia de la prohibición de las drogas. Para que exista un problema es suficiente con declarar, desde una posición de poder, que éste existe, y luego perpetuar las medidas para resolverlo. En 1937, el congreso de EE.UU. aprobó la Marijuana Tax Act, con la que ésta quedaría, de facto, ilegalizada.

2 Comments:

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Blogger pedro velasquez said...

he 1937 Marihuana Tax Act Pub. 238, 75th Congress, sportsbook 50 Stat. 551 (Aug. 2, 1937), was an United States Act that placed a tax on the sale of cannabis. The act was drafted by Harry Anslinger and introduced by Rep. Robert L. bet nfl Doughton of North Carolina, on April 14, 1937. The Act is now commonly referred to using the modern spelling as the 1937 Marijuana Tax Act.
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