Drogas y el afán prohibidor

Un ensayo sobre las drogas, las prohibiciones y los delirios colectivos

Una idea de Jordi Cebrián

La religión y la medicina

A la religión nada humano ni divino le es ajeno. De ahí el interés secular de la mayoría de ellas por reglamentar los aspectos más nimios de toda actividad humana, individual o colectiva. En lo que se refiere al asunto de las drogas, es necesario recordar que el inicio de la Cruzada tuvo un marcado carácter religioso. Ya en los primeros capítulos he querido dejar claro que la prohibición y el tabú que pesa sobre las drogas es de orden esencialmente moral. Los argumentos científicos y sanitarios son racionalizaciones a posteriori de prejuicios previos, fuertemente entroncados, en Europa y EEUU, con la tradición judeocristiana. Por ello, entender los esquemas de razonamiento, la tradición moral y el cuerpo lingüístico y metafórico que rodea la prohibición desde el punto de vista religioso, es un paso imprescindible hacia la comprensión de la resistencia al cambio de nuestras sociedades hacia propuestas liberalizadoras.

Si nos centramos en la tradición judeocristiana, sírvanos como metáfora constatar que la primera prohibición impuesta por Dios se relaciona de manera muy directa con el tema que nos ocupa. Adán y Eva, en efecto, tienen prohibido ingerir cierta sustancia vegetal, la fruta de un árbol que creció en el Paraíso Terrenal. Se les dice que, de comer ese fruto, conseguirán la sabiduría, discernirán lo bueno de lo malo y se sentirán como dioses. Y es la ingestión de esa sustancia prohibida lo que les acarrea la expulsión del paraíso y una bronca de mucho cuidado. Contra lo que suele creerse, no hay mención bíblica alguna de que la fruta en cuestión fuera una manzana. ¿Algún enteógeno, quizás? Hoy, la nueva religión médica ha aumentado la lista de vegetales cuya ingestión está prohibida: el cannabis, la planta de la coca, la amapola del opio, las semillas de Don Diego, una gran cantidad de hongos alucinatorios, el qat, la efedra, etc. Los defensores del derecho individual a usar estas drogas, reivindican su capacidad de ‘abrir la puertas de la percepción’ y de ‘ayudar al conocimiento’, tal vez el mismo conocimiento que Yahvé temía cayera en manos de sus creaciones. Esta obsesión religiosa por controlar las sustancias que ingerimos, por regular su pureza o impureza, no desde un punto de vista médico, sino desde una perspectiva moral, se adentra en el territorio del absurdo en algunos de los libros que componen el Antiguo Testamento: “El alcance de esas normas [las que definían lo que se podía comer] era muy amplio; tal y como hoy las leemos, abarcan todos los elementos, aire, mar y tierra. El ganado vacuno y el ovino estaban permitidos, pero camellos, comadrejas y cerdos no. El pescado debía tener escamas y aletas; se prohibían veinte tipos de aves; los insectos alados de cuatro patas y los animales que reptan quedaban al margen, lo mismo que los murciélagos, ratas y lagartos, con la excepción de las langostas, que pueden saltar además de volar.” Hoy, cuando priman las ‘verdades’ científicas sobre las de orden religioso, estas disquisiciones sobre lo ‘puro’ y lo ‘impuro’ nos pueden parecer peregrinas, y tendemos a ver en ellas motivos de orden sanitario, pero, tal y como señala Szasz: “Si bien la conformidad con estas reglas es ahora a menudo racionalizada sobre fundamentos higiénicos, éstas no tenían nada que ver con la salud; tenían que ver con lo sagrado, es decir, con ser obediente a Dios, con el fin de ganar Su favor. Glorificando lo que uno puede o no comer, como un asunto de la máxima preocupación para una divinidad que cuida de todo, los verdaderos creyentes elevan los actos ordinarios -como comer un cóctel de gambas- a actos que son, espiritualmente hablando, asuntos de vida o muerte. Proscripciones similares respecto a la comida tienen lugar en otras religiones. Por ejemplo, los musulmanes tienen prohibido comer cerdo, los hindúes comer buey. La mayoría de códigos religiosos también proscriben, así como prescriben, ciertas bebidas. Las ceremonias religiosas cristianas y judías requieren del uso de alcohol, el cual, a su vez, esta prohibido por el Corán” . Desde este punto de vista, la causa última del aborrecimiento de la embriaguez por parte de la tradición judeocristiana, no se debería tan sólo a un desprecio por las conductas que proporcionan placer físico, sino también a una obsesión, un esquema mental orientado hacia lo ‘puro’ y lo ‘impuro’. La embriaguez producida por las drogas es un ejemplo claro de ‘posesión’ causada por una ‘impureza’ exterior que se adueña del alma y del cuerpo de la persona y le induce al conocimiento (alucinógenos), la rebelión (estimulantes) o el olvido (narcóticos). Y, como ya vimos, cualquiera de estos tres estados mentales son antireligiosos. El conocimiento porque contraría la fe y el dogma y nos acerca a otros Dioses, nos convierte en Dioses. La rebelión porque nos aparta de la disciplina y la jerarquía que la Iglesia representa. Y el olvido porque hace que no recordemos a Dios, a sus representantes en la tierra y a nuestros deberes para con ellos.

Los fundamentos rituales y extracientíficos de esta distinción de sustancias entre puras e impuras, quedan al descubierto en un ejemplo robado de Szasz. Nuestra saliva, que constantemente tenemos en la boca y tragamos, se convierte en impura y tabuada en el momento en que sale del cuerpo. Así, la idea de volver a ponernos en la boca nuestra saliva recién escupida sobre un pañuelo limpio, repele y repugna a la mayoría de nosotros. Obviamente su composición química es la misma dentro y fuera del cuerpo, y no es el hecho de verla lo que nos hace ser conscientes de su ‘suciedad’, pues el asco lo experimentaríamos igual aun con los ojos cerrados. La introducción en nuestro cuerpo de sustancias impuras es un tabú muy enraizado y del que forma parte ya, para muchos miembros de nuestra sociedad, la Droga, declarada moralmente impura. Pero del mismo modo que las clasificaciones del Antiguo Testamento entre lo que se puede y no se puede comer intentan ser hoy racionalizadas según nuestra religión médica, hacemos lo mismo con las drogas. Su impureza debe ser argumentada científicamente para compatibilizarla con unos tiempos en los que vivimos tan alejados de las supersticiones arcaicas y donde todo lo antiguo se considera superado. Ellos no sabían lo que hacían y creían en tonterías sólo por el hecho que se las decía un curandero ataviado con extraños ropajes, no como nosotros que sabemos cómo son realmente las cosas y creemos sólo en certezas científicas si nos las cuentan los médicos vestidos con bata blanca. Pero lo cierto es que todos los aspectos relacionados con lo que entra y lo que sale de nuestro cuerpo están rodeados de ritual y contienen una gran carga irracional. Pocas cosas provocan más repulsión en la mayoría de personas que la idea de comer aquello que no forma parte de nuestra moral alimenticia: perros, gusanos, insectos, serpientes, son para la mayor parte de Occidente manjares impensables, del mismo modo que los hindúes encontrarán abominable que comamos vacas o caracoles.

Otro aspecto fundamental de nuestra tradición religiosa es el convencimiento de que nuestro cuerpo no nos pertenece, sino que es propiedad del Señor y no podemos disponer de él como nos plazca. El cristianismo ha bendecido las autoflagelaciones o el uso de cilicios como medio de purificación espiritual, porque lo que se pretende no es tanto una reverencia hacia el propio cuerpo sino impedir la búsqueda de placer corporal. La masturbación, el sexo recreativo y no procreativo, la embriaguez o la simple exhibición de ciertas partes de la anatomía, se han considerado una mancillación de un envoltorio material del que sólo somos depositarios y no propietarios.

La progresiva laicización de las sociedades más avanzadas no ha impedido que se repitan, con nuevos ropajes, los esquemas religiosos, de orden moral y ceremonial. En particular, y de un modo muy especial, la salud es el nuevo Dios al que hemos de rendir pleitesía siguiendo los mandamientos que los médicos, nuestros sacerdotes actuales nos dictan. Suya es la definición ahora del Bien y del Mal, y suya la potestad de indicarnos el camino a seguir para ser justos. Suya por tanto también la potestad de determinar lo puro e impuro y de dictar qué podemos meter en nuestro cuerpo y qué no sin ofender a la diosa Salud y, lo que es más peligroso, a sus enviados en la Tierra.

1 Comments:

Blogger Silvina Delfino said...

Muy interesante todo lo que compartis.
También había relacionado el tema de la droga con Adan y Eva y quise investigar si a alguien se le había ocurrido ya esta relación.
También me parecieron muy interesantes tus reflexiones sobre lo puro y lo impuro.
Para seguir reflexionando, gracias,
Silvina

10:31 AM  

Post a Comment

<< Volver al Í­ndice general