Drogas y el afán prohibidor

Un ensayo sobre las drogas, las prohibiciones y los delirios colectivos

Una idea de Jordi Cebrián

Cuarto dogma prohibicionista: ‘La Droga te engancha’

Esta afirmación, junto con las anteriores, completa el cuarteto de visiones sesgadas, deformadas y falseadas que de las drogas tan a menudo se ofrecen. Basar la prohibición de las drogas en su peligrosidad carece de todo fundamento científico, dado que el uso de algunas de ellas apenas entrañas riesgos y que, por otra parte, hay sustancias peligrosas que se mantienen en la legalidad (alcohol, tabaco, barbitúricos, somníferos, hipnóticos, etc.). Por otra parte, la violencia generada por las drogas es el fenómeno que más unánimemente se acepta como derivado directamente de su prohibición. Hace falta un argumento extra para intentar justificar mediante métodos racionales nuestras leyes sobre drogas, y éste es el de la adicción. En este concepto, bajo apariencia científica se esconden de hecho una legión de prejuicios morales y de verdades fuera de contexto. Repasaré el concepto de adicción, hablaré sobre su presunta peligrosidad e intentaré mostrar cómo no todos las drogas son adictivas y cómo hemos exagerado la adictividad de las que lo son.

Forma parte de los clichés al respecto que la Droga, con una o dos veces que la tomes te hace perder la voluntad y te engancha irremediablemente. No hay más que ver al jovencito del chiste: tendido, con los brazos cruzados, en perfecta inacción. El drogadicto que representa no es una persona que libremente ha empezado a consumir drogas y que, en uso de su libertad, sigue usando de ellas o las abandona. Es alguien atrapado, inerme ante su verdugo. Por esta creencia y otras razones que comentaré en otros capítulos, es por lo que aparece con tanta fuerza en nuestro imaginario colectivo la figura del ‘pusher’. El inductor, para ver florecer su negocio, no tiene más que conseguir que nuestros jóvenes prueben la Droga una vez y así, según la leyenda, ya nunca más podrán dejarla. Una y otra vez se nos repite que incluso las drogas más claramente inofensivas como los derivados del cannabis (marihuana, hachís, etc.) llevan a quien las toma a consumir drogas duras. Tanto da que esta información esté refutada en la práctica en países como Holanda, donde la liberalización de facto del cannabis no ha hecho aumentar un ápice el número de consumidores de heroína . Lo que importa no es informar sino asustar. Vayamos a los hechos.

Gran parte de los intentos racionalistas por fundamentar la prohibición, se basan actualmente en los resultados de los experimentos del Dr. Roy Pickens, del Adiction Research Center de Filadelfia. Estos estudios, ampliamente debatidos y citados, en uno u otro sentido, se resumen así. Animales de laboratorio, principalmente ratas, están conectados mediante catéteres a dispositivos que les inyectan drogas: marihuana, heroína, cocaína, etc., en función del experimento. Para realizarse la administración, los bichos tienen tan sólo que accionar una palanca. Tras algunas administraciones, el Dr. Pickens constata que los animales ya no quieren dejar de administrarse drogas, prefiriéndolas incluso a la comida. La única excepción la constituyen los alucinógenos, hacia los que los animales experimentan más bien repulsión. De ahí se deduce que el hombre, como las ratas, expuesto a las drogas se convierte en un autómata capaz sólo de intoxicarse hasta morir. Estos experimentos han sido criticados repetidamente. Vale la pena detenerse a estudiar alguna de las objeciones, por lo que ayudan a entender el mecanismo de la adicción. En primer lugar se constata que muchos animales usan sustancias psicotrópicas en libertad, desde elefantes a caracoles, pasando por monos y gatos, aunque siempre según patrones que los humanos llamaríamos ‘moderados’. Lo que diferencia estos animales de las ratas de laboratorio es que estas no han elegido empezar a drogarse, ni con qué y, sobre todo, no se hallan en situación de libertad y están privadas de elecciones alternativas. En efecto, ante la ausencia de estímulos positivos y el ‘estrés’ que supone estar encerrado y conectado permanentemente a un catéter, parece más probable que se recurra, de manera insistente, a aquellas sustancias accesibles que provocan sensaciones placenteras. En Canadá se repitieron experimentos parecidos, pero dando a los ratones otros estímulos entre los que elegir. Se comprobó que los resultados en nada se parecían a los del Dr. Pickens, no reproduciéndose las actitudes compulsivas de los roedores. Por otra parte, hay abundante información disponible que nos demuestra que, en cualquier caso, estos resultados no son extrapolables directamente a los humanos. Por ejemplo, durante la guerra de Vietnam se realizaron análisis de orina a los soldados americanos y se comprobó que más de un 40% eran consumidores habituales de heroína. Acabada la guerra y vueltos a los EEUU, posteriores análisis y seguimiento de los veteranos demostraron que tan solo un 8% de aquellos usuarios de la droga mantenían la adicción . Es decir, el 40% de usuarios quedó reducido a algo más de un 3% respecto al total. Este dato demuestra que incluso en drogas con fuerte capacidad adictiva, como es la heroína, el factor determinante para mantener la adicción es el entorno social y psicológico. En una situación de guerra, alejados del hogar y del país, inmersos en una absurda matanza, no es de extrañar que casi la mitad de los soldados buscara ayuda farmacológica para soportar la situación. Normalizadas las vidas, más de un 90% dejan de necesitar esa ayuda y prescinden de ella. Esta presión ambiental es fundamental también para entender los mayores índices de dependencia de drogas, en particular alcohol, en barrios marginales con situaciones de miseria, marginalidad y desempleo. En EEUU, es en la minoría negra marginal donde se da un uso mayor de drogas. Pero, como explica el Doctor Michael S. Gazzaniga, profesor de psiquiatría y neurología, al hablar del uso de drogas en los ghettos negros, “si vives en la pobreza y frustración, y ves pocas recompensas a las que puedes aspirar, es más probable que busques la escapatoria en las drogas que lo que lo es para alguien más afortunado, si bien un mayor uso de drogas no implica una mayor tasa de adicción.” Resulta inevitable comentar ahora que nos es más cómodo disponer de una explicación mítica, como lo es la Droga, a la que poder culpar de los problemas derivados de injusticias sociales, marginación, racismo, etc. que intentar reflexionar sobre las causas políticas y sociológicas que los generan y sobre sus posibles soluciones. Y sigue diciendo el Dr. Gazzaniga: “Prácticamente todos los estudios muestran esto, con una excepción interesante. Un estudio reciente del Departamento de Defensa, ha mostrado cómo el uso de drogas entre los militares era inferior para los negros que para los blancos, al revés que en la vida civil. (Existe un acuerdo generalmente aceptado respecto a que el ejército es la única institución en nuestro país donde se ha alcanzado una integración satisfactoria.) En resumen, los factores ambientales representan un importante papel en la incidencia del uso de drogas.”

Por otra parte, dada la disparidad de sustancias agrupadas bajo el concepto de Droga, no es posible hablar de la adicción sin concretar de qué sustancia hablamos, pero sí resultará útil hacer algunas aclaraciones sobre el concepto mismo de adicción. Para empezar, repasemos algunas nociones referidas a lo que en términos médicos se denomina dependencia de sustancias.

En primer lugar, hemos de hablar de la tolerancia, es decir, la característica propia de ciertas sustancias consistente en que el usuario necesita dosis sucesivas mayores, en caso de uso continuado, para obtener unos mismos efectos. Dicho en otras palabras, el organismo se acostumbra a la sustancia, y tolera cada vez dosis superiores. Así, las anfetaminas, el alcohol, los opiáceos presentan una muy alta tolerancia, pudiendo el usuario habituado consumir dosis que resultarían letales para alguien no habituado. Lo mismo ocurre con el alcohol. Los consumidores habituales del cannabis, no desarrollan por su parte tolerancia hacia la sustancia. Mención aparte merecen los alucinógenos (LSD, Psilobicina), cuya tolerancia ha venido en denominarse antiadictiva, por el hecho de que el usuario no puede repetir la experiencia hasta pasados algunos días, al margen de cuál sea la dosis tomada.

Otro parámetro asociado es la abstinencia. El ‘Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM-IV)’ lo define así: ‘Es un cambio de comportamiento desadaptativo, con concomitantes cognoscitivos y fisiológicos, que tiene lugar cuando la concentración en la sangre o los tejidos de una sustancia disminuye en un individuo que ha mantenido un consumo prolongado de grandes cantidades de esa sustancia’. Este síndrome abstinencial, que puede llegar a ser muy duro para consumidores de opiáceos y incluso letal en alcohólicos crónicos, es lo que llamamos vulgarmente ‘el mono’. La mayoría de personas nunca habrá visto a un alcohólico con síndrome de abstinencia, dada la gran facilidad con que se puede en nuestras sociedades disponer de bebidas alcohólicas. Por contra, la imagen que tenemos de los heroinómanos va indisolublemente ligada al ‘mono’. Por supuesto, al igual que la sobredosis, los síndromes de abstinencia aparatosos en usuarios de opiáceos eran desconocidos por los consumidores habituales antes de la prohibición, por la sencilla razón de que las sustancias podían conseguirse con facilidad. Hoy en día, la mayor parte de los síndromes de abstinencia causados por el alcohol se dan en usuarios regulares de alcohol tras el internamiento en hospitales, con motivo de alguna enfermedad o intervención. Allí, al no consumir alcohol, el cuadro abstinencial se presenta normalmente en forma de hiperactividad, náuseas y vómitos, sudoración, alucinaciones visuales y auditivas, crisis de angustia y, en ocasiones, crisis epilépticas. Es necesario indicar que, en el caso del alcohol, el síndrome abstinencial se presenta en usuarios regulares, aunque nunca se hayan 'emborrachado'. Un consumo moderado y diario de alcohol, durante bastante tiempo, es suficiente para desencadenar, tras la interrupción brusca, un cuadro abstinencial.

¿Qué drogas pueden ocasionar un síndrome abstinencial físico? Ya he mencionado los opiáceos y el alcohol. Más fuertes si cabe pueden ser los derivados del uso continuado de ansiolíticos (Valium, Diazepam, Orfidal, etc.), barbitúricos o anfetaminas, productos todos ellos legales y, por tanto, sin satanización mediática. Asimismo, el uso continuado de café lleva a la aparición de ‘mono’ al interrumpir el consumo. En este caso, “el síndrome incluye dolor de cabeza y uno (o más) de los siguientes síntomas: fatiga o somnolencia acusadas, ansiedad o depresión evidentes y náuseas o vómitos” Para desarrollar este síndrome, son suficientes cinco tazas de café diarias, aunque puede aparecer igualmente en individuos con consumo mucho menor. En el caso de la cocaína, tal y como he citado anteriormente, se considera que no tiene síndrome de abstinencia físico, si bien se han descrito trastornos de orden psicológico (ansiedad, depresión, agitación, etc.) en usuarios de grandes cantidades. Por último, ni los derivados del cannabis, ni el LSD u otros alucinógenos, presentan cuadro abstinencial alguno tras una interrupción del consumo.

Contra lo que pudiera parecer, ninguna de las dos condiciones anteriores, tolerancia y abstinencia, se consideran suficientes para que se genere una relación de dependencia con una sustancia. Los pacientes hospitalarios con fuertes dolores, tratados durante tiempo con opiáceos, al serles retirada de manera gradual la administración no presentan ningún trastorno psicológico ni, por supuesto, ningún deseo de repetir o de buscar la sustancia en el mercado negro. Por decirlo de algún modo, es necesaria una ‘voluntad de adicción’ por parte del usuario. Por otra parte, el hecho de que ciertas sustancias sean más adictivas que otras poco tiene que ver con las características anteriores. Así, la que está considerada la droga que más rápidamente crea adicción, es decir, el tabaco, presenta un síndrome abstinencial físico muy inferior al del alcohol o los opiáceos, en tanto que para convertirse en ‘adicto’ de estos últimos es necesario al menos un mes de administraciones de cantidades importantes de la droga. Conocemos personas que se declaran adictas al juego o al trabajo, y que sufren angustia cuando no pueden ejercer su adicción. En ambos casos, no hay sustancia alguna que se introduzca en el cuerpo de quien sufre la dependencia, sino que está ‘enganchado’ por razones psicológicas. La frontera que separa lo físico de lo psicológico es, para quienes no creemos en un alma trascendente, tenue y desdibujada. Sabemos que es posible alterar la conciencia mediante cambios químicos en el organismo, y que estos cambios pueden ser debidos a causas externas (fármacos, electroshocks, etc.) o por desequilibrios internos de los que en ocasiones no conocemos las causas. Así, las teorías sobre la adicción acostumbran a basarse en la existencia de ciertas reacciones químicas en el cerebro que tienen lugar cuando se percibe una sensación de placer. Si esa percepción de placer desaparece, el cerebro ‘busca’ repetir la experiencia que lo ha producido. Así pues, la adicción es, en último termino, interna. Esto explica por qué el fenómeno de la adicción no puede ser explicado tan sólo farmacológicamente. Las propiedades farmacológicas de una sustancia no son condición necesaria ni suficiente para que se dé la adicción, sino que tienen que ser complementadas con cierta percepción psicológica, cierta búsqueda de algo, no necesariamente placer, en la acción de drogarse. Así explicamos la causa de que sea más fácil deshabituar a una persona dependiente de los opiáceos por motivos médicos, que a un consumidor que ha hecho de la heroína su forma de vida. Y es que cualquier objeto o actividad con la que establezcamos una fuerte y positiva relación psicológica es potencialmente adictiva. Así, quien consigue olvidar sus preocupaciones jugando al bingo o siente placer sexual observando zapatos de tacón alto, podrá desarrollar hacia estas actividades u objetos cierta ‘dependencia’, que, en algunos sujetos predispuestos, puede ser muy importante. Cualquier padre o madre conocerá los síntomas del “síndrome de abstinencia” caracterizado por ansiedad, irritabilidad, dificultad para concentrarse, etc., e incluso sofocaciones o taquicardia, provocados por el retraso de los hijos adolescentes a la hora de volver a casa por la noche. En este caso, la ‘dosis’ que se necesita y se demora es la del conocimiento de que se encuentran bien. Esta capacidad de convertirnos en adictos de cualquier actividad que nos resulte placentera, aun cuando no intervengan factores farmacológicos externos, es el motivo también de que mucha gente sea adicta al fútbol o a las telenovelas. La sensación de ‘necesidad’ y de ‘malestar psicológico’ que sentimos cuando nos enfrentamos a la posibilidad de una vida sin aquello que nos gusta, puede llegar a ser sin duda muy intensa y desagradable.

¿Quiere decir esto que no hay, pues, sustancias o actividades más adictivas que otras? No. Lo único que pretendo hacer ver es que el concepto mismo de adictividad debe ser examinado de manera crítica, entendiendo que forma parte esencial de la propia existencia humana, siendo todos como somos ‘animales de costumbres’. La concepción de la adicción como enfermedad es un fruto más de la medicalización del pensamiento actual. El resultado de medicalizar la adicción es problematizar y estigmatizar cierto tipo de conductas no acordes con las ideologías y concepciones morales imperantes. Y esto es así porque sólo se determina que hay una enfermedad cuando la conducta en cuestión nos parece mala previamente. No declaramos adicto, médicamente hablando, a una persona que dedica todo su tiempo, de manera compulsiva, a coleccionar sellos, construir maquetas de aviones, mejorar algunas centésimas su propio record o ayudar a leprosos en Africa. La filatelia, el modelismo, el deporte y la filantropía son actividades bien vistas, aceptadas ideológicamente por nuestra sociedad, al margen de la intensidad con que se realicen. De hecho, una intensidad desmedida es vista en estos casos como una virtud positiva y envidiable. Cuando la conducta a la que alguien es adicto no forma parte de nuestros valores aceptados, la adicción pasa a ser considerada patológica. Como el robo está mal, el adicto a robar es un enfermo de cleptomanía. Como matar esta mal, el adicto a matar es un enfermo psicópata. Cuando masturbarse estaba mal, el adicto a la autosatisfacción era un enfermo de onanismo. Sólo ahora, que en nuestra escala de valores el ocio empieza a estar por encima del trabajo, consideramos al trabajador compulsivo un enfermo. Que quede claro: la razón por la que consideramos la adicción a las drogas una enfermedad es porque las drogas se consideran malas aún sin adicción. Así entendemos por qué la prohibición se extiende a drogas sin capacidad farmacológica adictiva, como la mayoría de alucinógenos o el cannabis. Como veremos en repetidas ocasiones más adelante, la lógica del prohibicionismo es esquiva, pero eso no debe hacernos olvidar un hecho clave: se prohiben las drogas no por su capacidad demostrada de provocar daños en los usuarios ni por su capacidad de adicción, sino por el hecho de que alteran la conciencia y esto se considera moralmente malo. Y si quedaba alguna duda sobre el hecho de que la clasificación de una droga como ilegal no se basa en constataciones científicas de la peligrosidad de la sustancia, pensemos en la “Designer Drugs Act”, aprobada por en 1976, norma internacional que prohibe todas las sustancias psicotrópicas, es decir, modificadoras de la conciencia, que puedan aparecer. Esta disposición, elaborada a raíz de las constantes modificaciones en la composición de diferentes derivados anfetamínicos que iban apareciendo, se carga el principio legal básico de que todo lo no prohibido está permitido; en este caso, todo está prohibido si no está específicamente autorizado. Por supuesto, a los efectos psicotrópicos como causa de la prohibición, hemos de añadir un factor extra: prohibimos las drogas porque forman parte de la farmacología, es decir, porque hemos llegado a aceptar que sólo los médicos pueden decidir qué fármacos debemos o no tomar. Como escribe Szasz, “No cabe duda de que el argumento de que la marihuana -o la heroína, o la metadona, o la morfina- está prohibida porque es adictiva o peligrosa no puede sostenerse por los hechos. En primer lugar, hay muchas drogas -desde la insulina hasta la penicilina- que no son ni adictivas ni peligrosas, pero que, a pesar de todo, están prohibidas también: sólo pueden obtenerse con receta médica. […] No es posible ahora, en los Estados Unidos, entrar en una tienda y salir con una ampolla de barbitúricos, de codeína o de otras drogas. Se nos priva ahora de ese derecho porque hemos llegado a valorar más el paternalismo médico que el derecho a obtener y usar drogas sin recurrir a médicos intermediarios.” Si esto es así por lo que respecta al uso de fármacos con fines médicos, no ha de extrañarnos el rechazo del estamento médico hacia el uso recreativo de la farmacopea. El concepto mismo de fármacos lúdicos repugna, pues, a nuestro Estado Clínico.

Pese a lo anterior, y como ya he mencionado, no deja de ser cierto que se han hecho intentos de clasificar sustancias en función de su ‘potencial adictivo’. No ha de sorprendernos que estas clasificaciones no se ajusten demasiado a los mitos generados por la prohibición. Dos especialistas en adicciones, Kalant y Goldstein, asignaron puntuaciones del 1 al 5 a diversas drogas, siendo 1 el máximo potencial adictivo y el 5 el mínimo. La heroína y la nicotina recibieron la misma puntuación, un 2. Al alcohol, los tranquilizantes y los barbitúricos les fue asignado un 3. A la marihuana, un 4. Y a los alucinógenos (LSD, etc.) y la cafeína la mínima puntuación, un 5. De hecho, los autores de la clasificación matizaron después que los alucinógenos ‘ni siquiera deberían aparecer en un cuadro sobre riesgos de adicción’. Adjunto dos tablas más, correspondientes a los estudios realizados por el Dr. Jack E. Henningfield del National Institute of Drug Abuse norteamericano y por el Dr. Neal L. Benowitz, de la Universidad de California en San Francisco. Ellos clasificaron seis de las drogas más usadas en función de los siguientes parámetros:

 Síndrome abstinencial: Severidad de los síntomas que se producen al detener la administración de la droga tras un uso prolongado de la misma.
 Refuerzo: Tendencia a seguir usando la droga repetidamente, en función de los efectos psicológicos o físicos positivos que produce su uso.
 Tolerancia: Necesidad de tomar dosis superiores en caso de querer obtener los mismos efectos tras un uso prolongado y continuo de la misma.
 Dependencia: Dificultad relativa para abandonar el uso, o, dicho de otro modo, capacidad de la sustancia para generar hábito.
 Intoxicación: Capacidad intoxicante de la sustancia en su uso habitual, entendiendo por intoxicación el nivel de los efectos psicoactivos conseguidos.

Un simple vistazo a las tablas nos bastará para darnos cuenta, una vez más, de que el hecho de que una sustancia sea legal o ilegal, proviene de razones acientíficas.

Clasificación del Dr. Henningfield (N.I.D.A.)
Sustancia Abstinencia Refuerzo Tolerancia Dependencia Intoxicación
Nicotina 3 4 2 1 5
Heroína 2 2 1 2 2
Cocaína 4 1 4 3 3
Alcohol 1 3 3 4 1
Cafeína 5 6 5 5 6
Marihuana 6 5 6 6 4

Clasificación del Dr. Benowitz (Universidad de California)
Sustancia Abstinencia Refuerzo Tolerancia Dependencia Intoxicación
Nicotina 3 4 4 1 6
Heroína 2 2 2 2 2
Cocaína 3 1 1 3 3
Alcohol 1 3 4 4 1
Cafeína 4 5 3 5 5
Marihuana 5 6 5 6 4

(El criterio de lectura para las dos tablas es 1: Máximo efecto, 6: Mínimo efecto)

3 Comments:

Blogger dani said...

es el miedo a la libertad...

5:09 AM  
Blogger Chairolious said...

mae esta info está volando!

9:11 PM  
Anonymous Philiph said...

muy bueno tu articulo, tiene mucho sentido ... gracias

4:12 PM  

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