Drogas y el afán prohibidor

Un ensayo sobre las drogas, las prohibiciones y los delirios colectivos

Una idea de Jordi Cebrián

Cocaína, negros, Freud y la chispa de la vida

Las hojas de coca venían siendo usadas desde tiempo inmemorial por los nativos sudamericanos, que las mascaban para extraer de ellas su principio activo, la cocaína, consiguiendo así estimulación física y mental. En sus crónicas, el Inca Garcilaso decía de la coca que “sacia a los hambrientos, da a aquellos que se hallan fatigados o agotados nuevas fuerzas y hace olvidar a los desgraciados sus miserias” . Utilizada también con finalidad religiosa por las religiones nativas, tras el descubrimiento de América su uso fue denunciado en los Concilios de 1551 y 1567 por los obispos de la Iglesia Católica como idólatra y diabólico, con lo que se prohibió su cultivo. Pero, dado que los diezmos obtenidos de quienes la cultivaban significaban uno de los ingresos más importantes para obispos y canónigos, la prohibición no duró mucho, y quedó anulada en 1573 por una Real Ordenanza.

Hasta principios del siglo XX, la coca fue, no sólo una gran fuente de ingresos para las economías suramericanas sino un motivo de orgullo patriótico, constatable en el hecho de que, desde su independencia de los españoles, Perú incluyera la hoja de coca en su escudo de armas . Durante estos siglos, las referencias a la coca son siempre elogiosas sin que se constatara problema alguno en su uso. El ejemplo más paradigmático de su empleo en Europa lo constituía el famoso Vino Mariani, realizado con extracto de coca y popularisímo entre los europeos más ilustres (Edison, Sarah Bernhard, Julio Verne o el propio Papa León XIII, quien incluso permitió la utilización de su efigie para promocionar su uso).

Cuando a finales del siglo XIX se consiguió sintetizar, a partir del arbusto de la coca, la cocaína, esta sustancia despertó entusiasmos entre las clases médica y farmacéutica. El personaje que más notablemente influyó en la difusión de la droga y de sus virtudes fue Sigmund Freud, quien, tras muchos autoensayos con el fármaco afirmaba: “la acción física de la cocaína se manifiesta por un regocijo y una euforia de bastante larga duración que no se distingue de la euforia normal en una persona sana [...] Se tiene la impresión de poder dominarse mejor; y si se trabaja, no se siente ni esa excitación ni ese aumento de las fuerzas mentales que provocan el alcohol, el té o el café” .

Aunque la cocaína, farmacológicamente hablando, conlleva indudables riesgos (sobredosificación, trastornos mentales temporales cuando se usa en grandes cantidades, etc.), toda la clase médica, casi sin excepción, apenas prestaba atención a esos peligros, despreciables al lado de las ventajas que ofrecía como anestésico y como agente euforizante para el tratamiento de depresiones y trastornos de humor. En un proceso que veremos repetido en múltiples ocasiones, la medicina alterna la percepción que hace de las sustancias, viéndolas ahora como panaceas universales, ahora como panpatógenos, es decir, como causantes de todos los males. Este proceso aberrante es el mismo que lleva a la medicina a pasar de considerar la masturbación como una enfermedad a verla como una terapia imprescindible para una vida sexual sana y desinhibida. Así, de un entusiasmo desmedido e irresponsable hacia la sustancia, se pasaría en pocos años a un odio igualmente absurdo. Los factores desencadenantes serían, como en el caso del opio, la combinación de los intereses médicos y farmacéuticos, una cruzada moral contra la búsqueda ‘artificial’ del placer y el racismo. En este caso, además, se unía a ello una falsa asociación entre las propiedades farmacológicas del opio y la morfina con las de la cocaína. Si los opiáceos generan en los usuarios habituados un innegable y muy importante síndrome abstinencial, que dificulta el abandono del hábito, esto no es así con la cocaína, que no crea dependencia física. Pero es cierto, sin embargo, que un pequeño porcentaje de consumidores tenderá a usar de la sustancia de modo compulsivo, al igual que pasa con el alcohol o la morfina. Confundir la compulsividad con la dependencia fisiológica es un error común en el que cayeron muchos médicos a principios de siglo. El propio Freud, constatando en su propia persona la inocuidad de la cocaína como generadora de dependencia fisiológica, la recomendó a un amigo, morfinómano, para liberarle de su adicción. Este abandonó, efectivamente la morfina, pero sólo para pasar a ser consumidor compulsivo de cocaína, de la que acabó muriendo por sobredosis. Freud tuvo que reconocer que la cocaína no debería ser usada para su tratamiento de la morfinomanía, dado que “presentaría un peligro todavía mayor para la salud que la morfina”. Pero añadía: “todas las observaciones sobre la cocainomanía y sobre el deterioro causado por la cocaína se atienen a morfinómanos... la cocaína no ha exigido ninguna víctima por su propia cuenta” . Esta tendencia psicológica a la compulsividad que presentan una minoría de individuos, y que explica por ejemplo que muchos ‘ludópatas’ sean a su vez, o hayan sido, alcohólicos, no iguala las sustancias, sino que muestra que este individuo presentará una tendencia al ‘abuso’ ante cualquier estímulo que le resulte placentero o que le haga olvidar una vida vacía o desgraciada. Pero a principios de siglo existía una atribución causal directa del abuso a la propia sustancia. De hecho, la teoría (falsa) más extendida era que el uso de opio, morfina o cocaína generaba ciertos anticuerpos en la sangre que provocaban, al detenerse la administración, los síntomas abstinenciales.

Por lo que respecta al racismo, hay que decir que los negros del sur eran, en gran proporción, consumidores de cocaína, principalmente en la Coca-Cola, una bebida sudista que, aunque habiendo cambiado la cocaína por cafeína en 1909, me atrevo a pensar que muchos lectores seguro conocen y aún algunos habrán probado. Los negros, a los que la reciente Guerra Civil Americana acababa de liberar de la esclavitud, no estaban exactamente bien vistos en el sur de los EE.UU. No debe ser considerado pues casual el hecho de que mientras se criminalizaba a los negros por el consumo de cocaína, estuvieran sucediendo otras cosas en los estados sudistas: involución de derechos civiles conseguidos por los negros, aprobación de leyes segregacionistas, frecuentes linchamientos de negros, etc. Estaba demostrado, decían los blancos, que los negros bajo los efectos de la cocaína violaban a mujeres blancas: “La mayoría de ataques a las mujeres blancas del Sur, son el resultado directo del cerebro loco por la cocaína de un negro” . Al mismo tiempo, la cocaína les mejoraba la puntería y apenas les afectaban las balas de calibre 32, usadas entonces por las policía de los estados del Sur la cual, a raíz de estos mitos, cambió sus balas reglamentarias al calibre 38, más efectivas contra los negros cocainizados . No parecía sorprender a nadie que esos efectos sólo afectaran a los negros, ni que personalidades como las anteriormente citadas (Edison, Freud, Sarah Bernart o el propio Papa Leon XIII), no parecieran estar afectadas por esa violencia asociada a la cocaína, pese a ser consumidores de la misma. Y si no sorprendía era porque se creía conocer la explicación racial que lo hacía posible. En efecto, aunque refiriéndose al alcohol, la siguiente alocución del congresista Richard P. Hobson en 1914 nos muestra por qué a los negros les afectaba más la cocaína que a los blancos: "El licor puede convertir en un bruto a un negro, haciéndole cometer crímenes antinaturales. El efecto es el mismo en los hombres blancos, pero al ser el hombre blanco más evolucionado, cuesta más reducirlo al mismo nivel” . Por supuesto, como pasó también con los chinos y los mejicanos, se acusó a los negros de querer envenenar a la sociedad americana introduciendo a los menores blancos en el vicio, y la cocaína sirvió para explicar comportamientos delictivos o crímenes sin tener que buscar explicaciones de orden social o relacionadas con las circunstancias económicas. En este aspecto, Musto es claro: “La evidencia no sugiere que la cocaína causara una ola de crímenes sino, más bien, que la anticipación de una rebelión negra causaba alarma entre los blancos” Al igual que la histeria fue usada a finales del siglo pasado por la sociedad y la clase médica como explicación de los comportamientos ‘anómalos’ de las mujeres que buscaban emanciparse, se usaba ahora la cocaína como justificación farmacológica de los comportamientos ‘anómalos’ de los negros que buscaban justicia.

Como con la heroína y el resto de fármacos, el interés inicial de la clase médica y farmacéutica por controlar la dispensación de una sustancia tan elogiada como la cocaína era previsible, al igual que su indignación ante los usos ilegítimos, es decir, no autorizados por ellos, de la misma. No es pues tampoco sorprendente la alineación de estos dos estamentos con aquellos sectores puritanos o racistas que veían en la cocaína ya sea una fuente de pecado o un peligroso estimulante en manos de gente como los negros. Es en este punto cuando la historia de la prohibición de la cocaína enlaza con la del opio y sus derivados. Habíamos dejado a los reformadores Brent, Wright y Tenney en 1909, tras el fracaso de la conferencia de Shangai. Desde ese momento, hicieron falta casi seis años de burocráticos esfuerzos, orquestados básicamente por el tenaz, ambicioso y alcohólico Wright para que se aprobara, en 1914, una ley de ámbito federal que restringiera el uso de opio, morfina y cocaína en EE.UU.: la Harrison Act. Éste es pues el momento de dejar claro un hecho que anteriormente he mencionado de pasada. A fin de hacer innecesaria una modificación de la Constitución para su aprobación (como tuvo que hacerse en 1920 con la Ley Volstead, que requirió la aprobación de la XVIII enmienda para su aprobación, y de la XXI enmienda para su derogación), la Harrison Act se aprobó como una norma de carácter administrativo. Aunque es el origen de nuestra actual manía persecutoria hacia las drogas y los drogadictos, en su redacción y fundamentos estaba aun muy lejos de nuestros disparates. Básicamente, exigía la inscripción en un registro federal de todos aquellos farmacéuticos y médicos que recetaran o vendieran alguna de las sustancias en cuestión. En resumen, consistía en un reconocimiento legal del monopolio del estamento sanitario sobre dichos fármacos. Pero este reglamento se desvirtuó en pocos años, mediante sucesivas modificaciones legales, hasta alcanzar rápidamente un estado donde el control pasó a ser eminentemente policial y del que no escaparían ni médicos ni farmacéuticos.

Tuvieron que realizarse aun varias conferencias internacionales en La Haya, para generalizar la prohibición, pero en 1914, antes de estallar la Primera Guerra Mundial, sólo habían ratificado las medidas apenas veinte países y sólo cinco las habían puesto en práctica (Estados Unidos, Holanda, Honduras, China y Noruega) . La artimaña de la que se valió EE.UU. para conseguir la aprobación general de los sistemas de control de estupefacientes fue su inclusión como un apartado del Tratado de Versalles, que las principales potencias aprobaron al terminar la Primera Guerra Mundial. Como vemos, la Segunda Guerra Mundial no fue la única consecuencia nefasta de dicho tratado.

Recapitulemos. En 1901 se aprueba prohibir la venta de opio a “tribus aborígenes y razas incivilizadas” y en particular a “indios, esquimales, habitantes de Hawai, trabajadores del ferrocarril e inmigrantes en puertos de entrada” . En 1909 se prohibe en EE.UU. la entrada de opio para fumar. En 1914, se aprueba la Harrison Act, medida federal de carácter administrativo orientada a regular el uso terapeútico del opio y la cocaína y que adquiere pronto, tras una serie de decisiones judiciales, características policiales y represivas. En 1920 entra en vigor la Ley Seca, derogada en 1933. A nivel internacional, las conferencias iniciadas en Shangai en 1909, no producen resultados notorios hasta 1919, con la aprobación por la mayoría de países, como un apartado más del tratado de Versalles, de las disposiciones de ‘control de estupefacientes’ propuestas por EE.UU.

Al derogarse la Ley Seca, las principales organizaciones dedicadas al contrabando de licor en EE.UU. pasaron a dedicarse al suministro de las drogas aun prohibidas, es decir, cocaína y heroína. Para quienes defendían la cruzada moral contra la embriaguez de cualquier tipo, perder la batalla contra el alcohol suponía un duro golpe, a la vez que amenazaba con debilitar el aparato represivo. Toda la organización burocrática y policial que, en el ámbito federal, se había dedicado a luchar contra el tráfico de alcohol amenazaba con convertirse en innecesaria. Por si fuera poco, por aquel entonces ciertas novedades farmacológicas legales y que podían adquirirse con facilidad parecían empezar a eclipsar la popularidad ilegal de la heroína y la cocaína: la aparición de los nuevos sedantes sintéticos como sustitutivos de los opiáceos, y de las anfetaminas como generadoras de energía extra para quien las consumía, sustituyendo, por tanto, el uso de la cocaína. Afortunadamente para quienes vivían de ello, fue entonces fabricado oportunamente un nuevo chivo expiatorio al que perseguir. Se trataba de las flores de una planta antigua como la humanidad: el cáñamo o cannabis.

3 Comments:

Anonymous Not Coca said...

Encontré esta información interesante que me parece deben leer y de esta manera puedan ayudar a las personas que tienen adiccion a estas drogas, ya que según indica findrxonline es muy peligrosa. Miren las diferentes cosas que ocasiona esta droga :
1. La cocaina es una droga que se extrae de un arbusto que crece en Sudamérica llamado Eritroxilon coca. Pertenece a la familia de drogas estimulantes ya que actúa sobre el Sistema Nervioso Central activándolo.
2. La cocaína que se ve en la calle realmente es 'Clorhidrato de cocaína' y tiene forma de polvos blancos que se inhalan o inyectan. El gramo suele costar alrededor de 20 pesos.
3. El CRACK es clorhidrato de cocaína alterado mediante un proceso químico sencillo para obtener una especie de cristales o 'rocas' que al calentarlas crepitan y permiten aspirar sus vapores o humos.
4. Tanto la cocaína como el crack son drogas que generan adicción. El crack, además produce comportamientos compulsivos para tomarlo ya que genera una gran necesidad en el organismo.
¿CÓMO SE USA LA COCAÍNA - CRACK
1. La cocaina se puede inhalar (aspirar) por la nariz. Es el método más seguro pero se daña la nariz. También se puede inyectar en vena; este método entraña múltiples riesgos de infecciones como la Hepatitis y el SIDA.
2. El crack se fuma; se inhalan los vapores que desprende. Es más dañino que inhalar la cocaína.
¿CUÁLES SON LOS RIESGOS Y DAÑOS DEL USO DE COCAÍNA - CRACK?
1. La cocaína llega rápidamente al cerebro y tras su consumo frecuente produce cambios graves en el funcionamiento cerebral.
2. Tanto la cocaína como el crack (éste mucho más) produce dependencia y altera la personalidad del individuo. Puede aparecer paranoia, alucinaciones y psicosis (pérdida de contacto con la realidad).
3. Cuando se inyecta aumentan los riesgos de infecciones, trombosis, abscesos y septicemias.
4. La cocaína es una droga ilegal. La producción, comercio, tráfico y posesión de cocaína está penado por las leyes.

10:12 AM  
Blogger Carlos Moreno said...

Muy bueno
Saludos

11:56 PM  
Blogger medicodeincognito said...

Gran ensayo acerca de la historia de la cocaína y buena reflexion final...siempre quedará algo que seguir investigando.

9:04 AM  

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